20 de noviembre de 2012

La ilusión de San Juan.

Interior con figura femenina, Santiago Rusiñol.





           En la mañanita de San Juan, la joven y bella Aurora sentía en su nuca aterciopelada los primeros rayos de sol y una suave brisa, que mecía los visillos de seda bordados, refrescaba sus brazos desnudos. Después de un largo sueño, la brillante luz definía los objetos de la amplia alcoba. La fría forja del cabecero, el viejo tapiz de la abuela y las blancas y puras sábanas de Holanda recobraban la calidez del estío. En el balcón, trinaban los primeros pajarillos tempraneros acompasados con el repiqueteo de las campanas de la iglesia. 

                En la calle, la armoniosa melodía anunciaba el día de fiesta:

                                               A coger el trébole,
                                               el trébole y el trébole,
                                               a coger el trébole
                                               la noche de San Juan.
                                               A coger el trébole,
                                               el trébole y el trébole,
                                               a coger el trébole
                                               los mis amores van. 

            La joven y bella Aurora se acicalaba con una delicada parsimonia. Su fino y esbelto talle emanaba un dulce sosiego. En su cabeza, caracoleaban unos leves rizos castaños y entre sus delgadas manos bailoteaban los dorados zarcillos de damasquinado que Juan le había regalado por su cumpleaños. Sus azabaches ojos los examinaban lentamente por ver si podrían esconder una declaración de amor. Pensaba en el corpiño que vestiría y también pensaba en él. Allí estaría, tan serio y tan devoto, en uno de los bancos de la capilla del santo con los demás mozos de la ciudad. 

                 ¿Esperándola quizá?
 

23 de octubre de 2012

«La literatura, cuando no da vida, mata»


          Uno de los problemas principales a los que el futuro profesor de Lengua y Literatura se ha de enfrentar en las aulas es cómo enseñar los clásicos. Por un lado, nuestra experiencia como alumnos, nos muestra que la lectura de las obras clásicas en la E.S.O. puede ser catastrófica no porque el alumno proteste y termine leyendo otra cosa sino porque puede que no vuelva a leer más en su trayectoria vital o, al menos, no tanto como debiera marcado por el impacto que le produjeron las primeras páginas ininteligibles de La Celestina. Por otro lado, recordemos que había profesores que se obsesionaban por cumplir la programación del curso sin importarles las opiniones e inquietudes del alumno. Estas dos posturas vienen a confluir en que un uso indebido de la literatura provoca terribles efectos secundarios en el alumnado como, por ejemplo, la muerte de la imaginación.

            Es curioso cómo la mayoría de los profesores, estudiantes de Filología Hispánica y amantes de la Literatura, sufren una importante pérdida de memoria al no recordar que muchos de los clásicos leídos se machacan en la carrera hasta las saciedad bien porque se ven varias veces a lo largo de los cinco años bien porque existen asignaturas específicas dedicadas por completo al estudio de una sola obra. De esta forma, resulta del todo absurdo imponer la lectura de estos «extraños» a adolescentes cuya vida e intereses son, primero, muy diferentes a los nuestros y, segundo, están sometidos a un modelo educativo que descuida por completo aspectos como éste, reduciendo considerablemente el número de horas de lectura y comprensión lectora.

            Sin embargo, estoy de acuerdo con que los chicos deban conocer estas obras y leerlas, siempre en la medida de sus posibilidades y de las nuestras como profesores responsables. Si nuestro objetivo como docentes es que simplemente lean, habría que llevarlos por el camino de la literatura juvenil; pero, si en cursos avanzados queremos que además se acerquen a las obras que entran a formar parte del canon literario, debemos implicarnos mucho más para que el contacto entre adolescentes del siglo XXI y enamorados del siglo XV sea lo más homogéneo y apasionante que un joven pueda imaginar.

            En cuanto al tema que nos ocupa, para que una clase de literatura sea productiva, el profesor debe de poner en práctica una serie de pautas de animación a la lectura destinadas a motivar y despertar la curiosidad del estudiante. Para ello, se necesita la entrega total del docente, ya que tendrá que buscar materiales fuera del mero libro de texto y guiar a los alumnos por el intrincado laberinto de la lectura de los clásicos a partir de la hermenéutica y la fusión de todas las artes, puesto que una historia bien contextualizada en unas coordenadas espacio-temporales adecuadas despierta el interés a aquellos que lo van a estudiar. Esta primera parte no se debe interpretar como una clase de Historia de España al uso, sino que debemos seleccionar los acontecimientos importantes que incidan tanto directa como indirectamente en la obra que han de leer y exponerlos siempre de una forma creativa y amena a través de unas buenas estrategias de comunicación, fomentando, además, la participación de los oyentes para que en la medida de lo posible se queden con la esencia de estas obras, ya que nuestra labor no es la de formar filólogos, pero sí personas, en mayor o menor medida, cultas.

            Para finalizar, estoy plenamente segura de que a los veteranos en el oficio les parecerá utópico mi punto de vista porque el tiempo apremia y el omnipresente currículo amenaza desde el cajón del despacho. A todos ellos, les propongo ahuyentar el tiempo dedicando unos días específicos  a la literatura y a la animación a la lectura porque nosotros, que hemos descubierto el placer de leer, hemos echado nuestra imaginación a volar y hemos reído o llorado con aquel personaje con el que tanto empatizábamos, debemos enseñar a volar a nuestros alumnos y a que sean conscientes de que un libro, clásico o moderno, es algo más que un conjunto de párrafos que deben leer sin más. Sólo de esta forma verán la literatura con otros ojos con los que se les formará y  alentará, se les dará vida y no se les quitará.